
No lo podía aguantar. El modo con que me miraba, esa profunda decepción en sus ojos. Parada, petrificada, mirándome. La pilló tan repentinamente que parecía no poder procesarlo. Incrédula, decepcionada. Casi podía escuchar la velocidad de sus pensamientos. Aún no me había soltado las manos, y noté cómo enseguida se le congelaron. Era insoportable para mí, me dolía mucho, pero nada comparable con el dolor que yo acababa de producirle. “Por favor, ódiame” deseaba yo. Tras unos largos segundos, reaccionó. “No, no, no…”. La voz quebrada salía de lo más profundo de su ser. Sin poder evitarlo empezaron a correr lágrimas por mi rostro. Quería decirle que lo sentía, que no sé lo que me pasó, que yo la quería como nunca había querido a nadie, que la amaba. Me odiaba a mí misma por estar causándole este dolor. Quería que me odiase, gritase, insultase, pegase, pero no lo hacía. Me mantenía la mirada, frustrada, desilusionada, destrozada. De pronto se derrumbó y comenzó a llorar convulsivamente. Se me partió el corazón, creí morir. Yo había producido aquella situación. Quise abrazarla, pero no se dejó. Sus palabras venían a mi cabeza constantemente “no tienes que decir nada amor”, “confío plenamente en ti y tú en mí, ¿no?”, “nuestra sinceridad es prima”, “nunca habrá nada que nos haga separarnos porque todo está en nosotras”, “eres mi vida, mi ilusión, mi fe”. Y yo la traicioné. Pasado un rato se levantó mientras me seguía mirando a los ojos. Yo sabía que no me iba a pedir ninguna explicación, ningún porqué. Ambas sabíamos que serían en vano, que esto supondría el fin. Sólo pronunció unas palabras, sabía qué diría, pero aun así me dolió como un mazazo. “Márchate, por favor”. Supe que la perdí para siempre. Sabía que de nada serviría demostrarle mi arrepentimiento. Sobraba decir que no lo volvería a hacer, que sin ella no soy nada, llorarle desesperada, decir que empecemos de nuevo. No le pediría ninguna oportunidad más. Sabía que no me la concedería. Yo no se la concedería. Así pues, con el peso tan horroroso de mi conciencia, me fui. Aquel día morí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario